
CORTESIA DE DIARIO CLARIN
Metana podría ser una vaca cualquiera, con sus ancas huesudas, su mirada perdida. A su edad, ya hubiera ido al matadero, excepto porque unos técnicos del INTA de Castelar la salvaron de terminar servida con fritas. Apenas la sacan del cepo, muge con un sonido profundo para llamar a su ternero, que acude a su lado obediente y se deja hacer mimos como un chico. Esta sería sólo una escena bucólica si no fuera porque Metana lleva encima un globo amarrado con cintas blancas, que le dan un aspecto extraño, casi lunático. Allí adentro se acumulan los gases que ella naturalmente hubiera eructado como parte de su
complicado proceso digestivo. Nomás que ahora una canícula finita los saca directamente del rumen, uno de sus tres prestómagos, para llevarlos directamente a la bolsa que acarrea sobre el lomo. Infla dos de éstas al día. Como lo haría toda
vaca.
Aunque parezca extraño, éste no es un experimento que tenga que ver con la biología de Metana, sino con el clima que cada vez nos hace sudar un poco más. Las vacas, además de ser animales todos forrados de cuero, son como enormes tanques con patas, donde se fabrica gran cantidad de metano, uno de los seis llamados gases de efecto invernadero. El metano se acumula en la atmósfera de la misma manera que lo hace, por ejemplo, el dióxido de carbono (CO2) que es producto de la quema de combustibles fósiles, como el petróleo, el gas o el carbón. Y cuanto más se juntan estos gases allá arriba, a donde no los podemos ver, ni oler, los rayos del sol tienen más dificultades para salir de la Tierra. Es por esta razón que está subiendo la temperatura en todas partes, haciendo en estos lares cada vez más insoportables los veranos, más cortos los inviernos,
más virulentas las tormentas, las inundaciones más largas y las sequías más severas. Y éste es sólo el principio de la historia, que se pondrá cada vez más caliente.
CUESTION DE CONCIENCIA
¿Se acuerdan cuando hablar del tiempo era una actividad casi filosófica? Osvaldo Girardin, director del programa de Medio Ambiente y Desarrollo de la Fundación Bariloche, dice que el clima ya no es ni siquiera un problema de los meteorólogos, que hoy es cuestión de dinero. Es que hoy por hoy, cuando se discute sobre temperatura también se habla de modelos de desarrollo económico. De cosas que son justas e injustas. ¿Cuán caliente sería nuestro verano si, por ejemplo, todos los chinos tuvieran autos como los estadounidenses? ¿Y por qué los argentinos tienen que sufrir a consecuencia de los gases que bien podrían haberse acumulado en la atmósfera durante la revolución industrial, cuando aquí sólo había grandes estancias? Alemania sola emite tanto como todo el continente africano, que es el que va a padecer las más terribles sequías. Aquí se podría secar Cuyo, porque va a dejar de nevar en la cordillera. En el Norte, donde se generan los ríos de la cuenca del Plata, las temperaturas podrían subir hasta 5 grados, dice Vicente Barros, del Centro de Estudios del Mar y la Atmósfera (CIMA). En el Sur, ya se están derritiendo 48 de los 50 glaciares. Podría desaparecer una parte de la Bahía de San Borombón así como las islas que están en la desembocadura del río Colorado.
Para entender qué hacemos bien y qué hacemos mal, en qué pensamos y en qué no, hay que comenzar por saber qué gases emitimos y por qué, lo que nos remite, entre otras cosas, a Metana, la señora vaca.
MILANESAS Y NAFTA
Una vaca eructa entre 350 y 750 litros de metano por día, depende de su peso. Más gorda, más metano. En el país hay 55 millones de vacas. El metano tiene un poder de calentamiento 21 veces superior al del CO2. No en vano, la actividad agrícola-ganadera produce el 44 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero de la Argentina. De ese porcentaje, el 70 por ciento corresponde prácticamente a todo el stock ganadero.
Un kilo de carne equivale a cuatro de nafta. Si pudiéramos capturar en una bolsa cada eructo vacuno, ¿seríamos una potencia energética? Después de todo, el metano es un gas bastante parecido al que se usa en la cocina. Aunque la pregunta es de pura
ciencia ficción, hay estrategias para mitigar el metano fabricado en las entrañas del más preciado de nuestros animales, dice el doctor Guillermo Berra, quien está al frente de un equipo del INTA encargado de contabilizar los gases producidos por la ganadería para el inventario del Protocolo de Kyoto. Una de esas medidas es cambiar la alimentación de las vacas, pues cuanto más complicada es la digestibilidad de un alimento, más gas produce. Y el pasto las hace eructar mucho. Los animales de feed-lot, ésos de engorde intensivo a base de granos, tampoco son el ideal, pues para producir el alimento balanceado se necesita gastar CO2.
Una de las soluciones para mitigar emisiones es encontrar un camino intermedio entre la ganadería intensiva y la extensiva,
combinando el pasto con el alimento balanceado. Pero hay otras medidas paliativas, como mejorar el ciclo reproductivo de las vacas, bajando la edad del primer parto y eliminando el intervalo entre cría y cría. "Para que una vaca emita menos metanos hay que incorporar agentes mejoradores de la producción", dice Berra. "Se podría reducir entre el 10 y el 20 por ciento de las emisiones", agrega.
Igualmente, hay ciertas tecnologías limpias y sencillas que podrían ayudar a mitigar algunos de estos efectos y que, de paso,
ayudarían a mejorar la vida de la gente. ¿O acaso sabe alguien en el campo argentino que de las deposiciones diarias de una vaca se puede producir suficiente gas como para cocinar para una familia de cuatro personas durante un día?